Cuba: La conspiración de San Isidro o la revolución de colores

Segundopaso - No hay que confundir al llamado “movimiento” San Isidro con la revolución de colores, sin dudas, es una conspiración abierta y desesperada del imperialismo por destruir la revolución utilizando sus mercenarios ante la derrota electoral de Donald Trump. Este paso hacia adelante intenta minar y comprometer la futura relación con el gobierno de Joe Biden que manifestó continuar el deshiel o en las relaciones bilaterales y negociar el diferendo histórico entre las dos naciones iniciado por Barack Obama.

El fenómeno llamado “movimiento” no es tal, sino conspiración de San Isidro porque aspira capitalizar el descontento social y la problemática creada por la pandemia, las dificultades heredadas del recrudecimiento de la hostilidad imperialista con las medidas de aislamiento económico y financieras cada vez más crueles y violatorias del derecho internacional.

Las investigaciones indican implicación directa de altos funcionarios de la embajada de EE.UU vistos de manera pública ofreciendo ayuda logística y conspirativa que no da lugar a otras interpretaciones como quieren hacer ver que se trata de un fenómeno focalizado en la realidad del barrio habanero del que toma su nombre y lo asocian con la “chispa” incendiaria del cambio en Cuba, la revolución de colores, esperada por décadas, financiada y ensalzada con fuerza desde el exterior.

Desde otra magnitud y tiempo histórico nuevo no permite analogía, el llamado movimiento “espontáneo” de jóvenes artistas e intelectuales frente al ministerio de cultura que estaba integrado por la generación golpeada del “periodo especial”, jóvenes nacidos en las décadas recientes de acrecentamiento de las dificultades económicas que cultivan los géneros callejeros urbanos: raperos, artistas plásticos, poetas, realizadores gráficos, entre otras, personas del barrio que sufren las penurias causadas por el embargo y los problemas internos de Cuba.

También forman parte de las expresiones críticas,  contestatarias surgidas muchas veces en la burocracia y la marginalidad de las instituciones culturales, las escuelas de bellas artes a las que algunos no pudieron acceder por distintas razones. Sobre todo, de gente enfadada por la falta de promoción de su obra o víctimas de la censura y las oportunidades de ganarse la vida de manera independiente.

En sí, el “movimiento” San Isidro no es político, son expresiones individuales más que colectivas del ambiente de descontento, contestatario del barrio cubano ante las limitaciones materiales y la falta de autonomías acumuladas desde el surgimiento de la revolución cubana. La misma que hizo de la cultural la estrategia de defensa del país, atrincherada en el discurso revolucionario de la vanguardia política antiimperialista que se defendía de la agresión extranjera y enfrentaba cualquier disonancia a lo interno con mucha crudeza.

La cultura cubana ha sido bastión expresiva de la rebeldía revolucionaria que identifica al país en el mundo, desde hace 60 años. Todas las voces de la vida cultural, del deporte, la intelectualidad, la ciencia, se sumaron a la batalla cultural que hizo de la narrativa revolucionaria una  fortaleza. Los líderes de la revolución triunfante supieron interpretar los anhelos de las mayorías que por primera vez se sintieron incluidos en las políticas públicas; educación, salud, trabajo estable y reconocimiento social. 

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El apabullante apoyo popular a la revolución avivado por la retórica heroica ante la agresión, las sanciones, el bloqueo, alimentaron la narrativa de una isla sitiada que resiste: así la ve el mundo, la de David contra Goliat, por eso respaldan al pueblo cubano, aunque a lo interno se nota un relajamiento propio del desgaste de 62 años de gobierno y las grietas producidas en la economía, en lo ideológico como consecuencia de la subversión imperialista.

Cuando cae la Unión Soviética Fidel Castro desde Santiago de Cuba decretó una suerte de Sodoma y Gomorra a la cubana que muchos no compartían y que en silencio han tenido que aceptar durante décadas. Este radicalismo si bien sostuvo la revolución afectó la unidad interna del pueblo cubano. Fue el caldo de cultivo en la que crecieron los Milennials o Generación Y, nacidos entre 1980 y 1999; y la actual Generación Z, nacidos a partir del año 2000 que hoy integran las voces de protesta, aprovechando la coyuntura del barrio San Isidro. Una “chispa” que no tiene posibilidades de consolidarse como movimiento político de cambio porque no es expresión de las aspiraciones de la nación.

Mucho cuidado, tampoco debemos confundir el dialogo surgido de un grupo de artistas frente al ministerio de cultura con un movimiento disidente o contrarrevolucionario. Los que piden dialogo no utilizan ninguna consigna ni a favor ni en contra de la Revolución. Ellos mismos han expresado que el principal objetivo es “manifestar su solidaridad con el artista que fue preso en el barrio de San Isidro y la preocupación por ver amenazada su libertad de creación y expresión”, las cuales están consagrada como derechos en la nueva Constitución del 2019.

Hay que recordar que en 1987, Fidel Castro reunió a los estudiantes de periodismo de la Universidad de La Habana que habían asistido antes a una obra de teatro crítica con el sistema socialista, titulada “La opinión pública”, el debate que produjo aquel encuentro visto 34 años después, indican que la dirección política de la Revolución cuenta con la experiencia para superar la actual situación.

En el mundo vigente ocurren incesantes cambios y Cuba no está exenta de la influencia de estos procesos políticos, como mismo el rol de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, herramientas de cambio en la vida de las personas. Las transformaciones que ocurren en países de Latinoamérica están protagonizadas por los jóvenes que piden mayor participación en la vida social, económica y política.

Nuevas realidades mueven los intereses de las personas ante las incertidumbres que vivimos, creadas por la irresponsabilidad de la clase política y de las corporaciones que dirige el mundo. Las redes sociales proporcionan la vía que une esas expectativas que surgen en las calles y que algunos llaman revoluciones de colores.

La actual coyuntura que vive Cuba en medio de la pandemia, los desastres producidos por huracanes, las sanciones económicas, la crisis económica, alimentaria y el descontento social, contribuyen al surgimiento de voces disidentes que de alguna manera coinciden con la oposición pero con una concepción menos ligada al exterior porque proviene del mismo régimen. Quizás esta sea la diferencia a otros momentos parecidos de la historia reciente, hoy muchos coinciden con la necesidad de buscar soluciones consensuada a los desafíos del país.

Los jóvenes cubanos en La Habana no están pidiendo visa para irse del país, están solicitando dialogo, aperturas, participación y parar el odio entre cubanos creado en la redes sociales desde el exterior. Parte de la juventud solidariza con el barrio San Isidro donde coincidentemente  nació José Martí y que después se convirtió en uno de los barrios de tolerancia de la capital, durante la etapa neocolonial,  una barriada de gente humilde ubicada en la periferia industrial del puerto habanero.

El apóstol cubano, José Julián Martí Pérez, hizo posible la unidad nacional en el siglo XIX, la concibió a partir de un ingente esfuerzo político, cultural y militar para derrotar a España. Ahí recae la importancia de la unidad por preservar la soberanía, la independencia y las conquistas del socialismo. Hay que  alcanzar el proyecto democrático perdurable con la fortaleza de la participación de todos los cubanos. La que debe nutrirse de las ideas y sentimientos que generaciones de cubanos posibilitaron con su sangre, trabajo, inteligencia y cultura.

Luis R. Lima Hernández

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