Colombia y el Momento Revolucionario

Segundo Paso para Nuestra América - Toda crisis abre un momento revolucionario. El ejemplo de Colombia es útil para identificar las dinámicas que registran los procesos sociopolíticos en América Latina. Conozcamos las razones que impulsan el levantamiento popular en Colombia y cómo la crisis del neoliberalismo, acentuada por la pandemia, remarca las contradicciones de clase, pero abre distintos escenarios de resolución.

América Latina es un territorio de contingencia. Se encuentra en permanente formación, nunca acabada y siempre disputada. Los acontecimientos políticos actuales en distintos países de la región dan cuenta de que las contradicciones internas de nuestras sociedades son la firma del presente tanto como lo han sido desde nuestro origen moderno. Las naciones nuestroamericanas nacieron de la guerra, y las luchas han marcado su desarrollo histórico y su conformación social, así el discurso oficial trate de incrustar narrativas que nos definan de acuerdo a modelos teóricos y literarios de sociedades europeas que, por demás, tampoco son ajenas a las dinámicas de conflicto.

El levantamiento popular que tiene lugar ahora mismo en Colombia, así como la brutal reacción desde el poder, son reflejo de una situación común, que rebrota en prácticamente todos nuestros países. Por eso quiero esbozar en este espacio, no una explicación ni una interpretación de lo que allí sucede, sino más bien trazar un marco analítico que nos permita comprender mejor nuestros procesos históricos y, particularmente la significación del momento presente.

Lo de Colombia no se trata de un conflicto, es una multitud de conflictos que se han conjugado en la movilización frente al enemigo común, personificado ahora mismo en el gobierno de Iván Duque. Hemos podido observar cómo un movimiento que en apariencia comenzó como protesta contra un proyecto de reforma tributaria que ponía a pagar más impuestos a la clase trabajadora mientras beneficiaba a los ricos, devino en un estallido generalizado.

Debemos verlo de acuerdo a un conjunto de razones. La primera sería la razón económica. La central Unitaria de Trabajadores de Colombia, junto a otras organizaciones de la clase obrera, convocaron a un paro nacional para detener la reforma tributaria, que en pocas palabras establecía que las clases trabajadoras fueran quienes costearan una salida o una resistencia a la crisis económica y protegía los intereses de las clases burguesas. Pero no se trata solo de la reforma tributaria. El Comité Nacional del Paro enarbola un Pliego de Emergencia que incluye el retiro de una reforma de salud que privatiza los y promueve el oligopolio de los servicios médicos y aseguradores. También se exige el subsidio de las nóminas de pequeñas y medianas empresas, el establecimiento de una renta básica universal, la eliminación de la matrícula escolar, la derogatoria del decreto 1174, que establece una reforma laboral y pensional que revierte derechos de los trabajadores. Así mismo, el pliego exige que el gobierno cese en su afán privatizador.

La pandemia de coronavirus que atraviesa el mundo desde 2020 ha tenido serios impactos en las economías nacionales, particularmente en los países del subdesarrollo. Además, esta crisis coincidió, o sirvió de cobertura a una crisis económica y financiera de escala global que se venía gestando desde hace varios años.

Otra de las identidades demandantes que protagonizan este movimiento popular, son los estudiantes. Al igual que las organizaciones obreras, se han movilizado, no solo ahora, sino desde el año pasado en el marco de la contracción provocada por la pandemia. Aunque hay que notar, que la insurgencia ha sido recurrente, con olas de ebullición prácticamente todos los años.

Los estudiantes exigen la “matrícula cero”, reivindicando la educación como un derecho y ante la profundización de las desigualdades por la crisis. La deserción educativa en el sector universitario ronda el 50%, según las organizaciones activadas en la protesta. El sistema de aula a distancia acentúa estas desigualdades, ya que las clases populares no cuentan con los recursos para mantener la infraestructura tecnológica necesaria para este modelo.

La razón económica es una razón social, que abarca a todos los sectores subordinados, que de esta manera se igualan e identifican en sus elementos comunes, que sobresalen y se hacen evidentes a medida que avanza la crisis.

El paro y la movilización de la clase trabajadora, así como del movimiento estudiantil, y las comunidades populares, es un síntoma que señala la agresividad antipopular del modelo de gestión neoliberal y su respuesta a la crisis estructural del capitalismo.

La segunda razón es la de los pueblos indígenas de Colombia, que una vez más se han levantado. Las comunidades campesinas y naciones aborígenes han sufrido históricamente un ataque sistemático por parte del Estado y organizaciones paramilitares, que ha diezmado a su población y la ha desplazado paulatinamente de sus territorios. En los últimos años, y con mayor intensidad desde la llegada de Iván Duque al poder político, han aumentado en número y violencia las masacres a estas poblaciones. Se cuentan por cientos los dirigentes populares colombianos asesinados anualmente. La “minga indígena” es una confederación de las distintas comunidades originarias para responder por sus derechos, empezando por el derecho a la vida y a su existencia como identidad social y cultural. Nació hace 30 años como necesidad histórica y ha tenido momentos recurrentes de movilización relevante, como respuesta a las agresiones de los centros de poder.

La expropiación del campo forma parte del proceso de acumulación originaria de capital. El robo de la tierra y la explotación de la fuerza de trabajo desposeída son el germen de los ciclos metabólicos del modo de producción capitalista, paradigma económico, político y social de la modernidad. La resistencia cultural de los pueblos indígenas, con sus formas de hacer, pensar, decir y producir, son vistos por las élites que hegemonizan el sistema social capitalista como una amenaza a su dinámica expansiva. Existe un alto grado de racismo y supremacismo étnico en la dinámica de los conflictos sociales de colombina y de todos nuestros países. Así se configura la razón étnica.

Lo que podemos llamar la “razón política” surge en nuestro análisis como producto necesario de las razones comentadas anteriormente. Colombia es un país cuya conflictividad constitutiva ha tenido más de 7 décadas consecutivas de viva y efectiva actividad armada. La guerra de guerrillas es una de las características de este país. Mientras en otras naciones latinoamericanas las guerrillas fueron desapareciendo a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, en Colombia han permanecido como elemento fundamental de la política.

Aunque la propaganda institucional y corporativa ha hecho un esfuerzo significativo durante las dos últimas décadas por “lavarle la cara” a Colombia, esto es, minimizar su conflictividad social y política, la realidad es que el país neogranadino es un territorio en disputa política permanente. La sociedad política, o sea los partidos y las clases a las que estos responden, juegan el juego de la democracia, y en esos términos se ha vendido una imagen de “estabilidad democrática”. Pero detrás de esa cortina está todo el panorama de conflicto, desigualdad, violencia y convulsión social que crece y necesariamente hace explosión en momentos como el actual.

Se trata de una crisis de representación. Cuando los distintos sectores sociales subalternos se encuentran en la desnudez de su subordinación al poder y al capital detrás de este, resalta la evidencia de que la supuesta democracia es solo una democracia de élites, donde las mayorías están completamente excluidas del ejercicio del poder.

Y es aquí cuando ocurre el momento revolucionario.

Todas las identidades encuentran y conectan los elementos comunes de su situación de clase. Así mismo, visualizan el horizonte que comparten y la frontera común que los separa de su ser contrario, del poder que los oprime. Este enemigo común son las clases ricas y su representación en el aparato político del Estado. Al concurrir de forma simultánea, las distintas demandas dirigidas al Gobierno conforman una cadena. Las fuerzas se unen y actúan coordinadamente, en común.

La respuesta del Estado se ajusta al rol que le asigna el modelo neoliberal: la represión, denominada con el eufemismo justificativo de “orden público”. Pero las acciones represivas lo que consiguen es solidificar el movimiento y aumentar su dimensión y su intensidad. Surge lo que Ernesto Laclau llamó el “significante vacío”. La violencia represora, la matanza desplegada por el Estado, y en última instancia el Gobierno mismo, asumen el rol de unificador de todas las demandas, identidades o razones, que se habían conformado en una cadena de equivalencias, y la lucha contra el Gobierno se convierte en el sentido pleno de todas las luchas y todas las razones.

De esta manera, se completa la articulación política. Los objetivos se reúnen en un objetivo común, que primero asume la forma de la demanda del “fin de la represión”, o la desmilitarización, etc., pero rápidamente se transforma en lucha antigubernamental. La demanda general ahora es que se vaya el Gobierno, que ha quedado demostrado como símbolo y agente de la opresión.

Este marco de análisis no sirve solo para aproximarse a la situación actual de Colombia. Más bien, el ejemplo de Colombia es útil para identificar a través de él las dinámicas que recorren los procesos sociopolíticos de nuestra región.

Las crisis capitalistas, como la que atravesamos hoy, que trata de ser disfrazada por el acontecimiento de la pandemia, provocan la erupción de las contradicciones de clase. Toda crisis abre un momento revolucionario. Pero las dinámicas sociales no son fatales. Pueden asumir rumbos diversos de acuerdo a las acciones emprendidas por los distintos actores.

El poder reacciona, como hemos visto, muy violentamente a los momentos revolucionarios. El poder aprovecha su posición de privilegio para jugar al desgaste del movimiento. Extender la lucha, dividir, aniquilar. Los movimientos insurgentes históricamente se han visto en dificultades para sostener las luchas por largos períodos, si el poder demuestra suficiente resistencia y brutalidad.

La historia de nuestros pueblos nos proporciona evidencias de esto.

Hay que desarrollar perspectivas críticas de análisis que, al mismo tiempo, configuren estrategias y rutas de acción hacia la profundización de los cambios sociales y políticos. Lo que estos momentos de lucha nos demuestran como señal y horizonte es que la articulación de los elementos comunes, su identificación, desarrollo y puesta en acción, configuran la clave vital de la fuerza del movimiento para hacerle frente al poder.

La construcción de un contrapoder que le dispute la hegemonía a las clases capitalistas parte de allí, de lo común.

TIEMPOS COMUNES 

Ángel González, periodista, articulista, analista político y del discurso, nos ofrece este espacio de reflexión crítica sobre el devenir de nuestras sociedades, las luchas populares, los cambios tecnológicos, económicos y culturales. Es un mapa de búsqueda de una potencia común que produzca las condiciones de posibilidad para la transformación del mundo.

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