Perú: una pieza en el rompecabezas antineoliberal

Segundo Paso para Nuestra América.- La victoria de Pedro Castillo en las presidenciales peruanas ha puesto en tensión tanto a la nación inca como a toda la región. Ángel González ofrece aquí un análisis de coyuntura del escenario político peruano, así como sus implicaciones para la América Latina. La clave de interpretación reposa en la permanente confrontación entre el neoliberalismo y las resistencias populares.

Para entender los procesos políticos de América Latina es necesario comprender que la región ha sido el escenario permanente de confrontación entre el neoliberalismo, como modelo económico-político impuesto desde el Norte, y las resistencias de los pueblos a los caminos de desigualdad y miseria que ese dogma trae consigo. Esa ha sido la historia durante los últimos 40 años y hoy sigue siendo el marco de cualquier interpretación posible. El caso de Perú, donde la victoria del maestro campesino Pedro Castillo ha significado un terremoto que trasciende fronteras, es solo una pieza en este rompecabezas lucha.

Lo primero que hay que advertir en el caso de Perú es que no se trata de un triunfo arrollador de la izquierda. Si bien Pedro Castillo logró reunir el malestar de las clases populares peruanas en contra de todo el sistema de partidos, que durante los últimos años mostró un desastroso colapso, no se trata de una identidad política homogénea, sino más bien contingente. En el Congreso recién electo se percibe el mapa político efectivo: el partido Perú Libre, de Castillo, se estrenó en el parlamento como el más votado, pero reúne solo 37 escaños de 130. Nueve partidos se reparten la torta. Gobernar no será fácil, tomando en cuenta lo que ocurrió en los últimos años, donde el parlamento sacó de la silla a varios presidentes por el poder de censura que posee. Los partidos de izquierda no conforman una plataforma sólida.

Castilo y Perú Libre deben necesariamente establecer alianzas políticas. El parlamento ha iniciado un proceso expreso de reformas constitucionales que se proponen limitar el poder del Ejecutivo, como forma de “prepararse” para enfrentar la presidencia de Pedro Castillo.

Además, la victoria de Castillo es mínima, lo cual le augura comenzará el gobierno de forma problemática. Fujimori ha denunciado fraude y sostendrá esa posición buscando impugnar la elección por medio de la justicia electoral.

Castillo gana por menos de un punto luego de iniciar la campaña de la segunda vuelta con 20 puntos de ventaja en las encuestas. La verdad es que fue objeto de una brutal campaña de desprestigio, una campaña de terror más bien. La estrategia de los partidos de la derecha, junto a todo el entramado de poder corporativo, los medios de comunicación y toda una coalición internacional de voces, fue infundir el miedo en la población, asociando a Castillo con el comunismo, con la crisis venezolana, con el terrorismo de Sendero Luminoso, incluso con el diablo. Esta estrategia negativa logró consolidar y elevar las opciones de Keiko Fujimori, cuya imagen se dividía entre reunir, por la derecha, parte del descontento popular contra los partidos tradicionales, y ser a la vez rechazada como ícono de la corrupción.

Hay que decir que Castillo contribuyó a este escenario final, al tratar de atenuar su discurso radical. Vino de prometer la constituyente a decir que consultaría al congreso, y de anunciar nacionalizaciones a ofrecer diálogos. Esto no lo ayudó en un clima tan polarizado, lo que hizo fue bajarle el tono, y con el tono bajar la tensión de su radicalidad, que era lo que le daba el empuje popular.

Sin embargo, es cierto que se trata de un fenómeno contundente. Castillo era una figura relativamente desconocida hace seis meses y hoy está por convertirse en presidente y liderar un partido que también irrumpió desde el anonimato a tener la mayor cantidad de escaños en el parlamento. Cuenta con el apoyo mayoritario de las clases trabajadoras y sectores sociales subalternos. A ellos deberá responder en sus grandes demandas, a riesgo de decepcionar y de esta manera desinflar el movimiento.

Las presiones no serán pocas y, como ya está señalado, Castillo no cuenta con una fuerza política arrolladora que le dé base para avanzar sobre la oposición. Tendrá que negociar y quizás termine cambiando mucho como presidente la imagen que dio como candidato. Recordemos a Ollanta Humala, que tuvo este comportamiento.

Al momento de escribir este análisis, faltan días cruciales. La polarización es importante y el ánimo de defender los votos, tanto de los partidarios de Castillo como los de Fujimori, han llevado ya a los primeros enfrentamientos callejeros, la noche del 9 de junio. Organizaciones sindicales, indígenas y populares pueden activarse y movilizarse a defender a Castillo en la calle y la derecha puede también movilizar multitudes que generen violencia.

El escenario peruano está servido para estremecer y sorprender permanentemente durante los próximos meses.

 Visión de contexto

El caso peruano se inscribe en un contexto regional bastante convulso que tiene su origen en la disputa histórica que ha marcado a América Latina durante los últimos 40 años: la lucha entre la imposición del neoliberalismo y las resistencias populares a esta imposición que proviene de los centros geopolíticos de poder, es decir Estados Unidos y Europa.

Lo que políticos y analistas llamaron la “restauración conservadora”, es decir, el avance de las derechas y el debilitamiento del “ciclo progresista”, no fue otra cosa que intentos decididos por reinstaurar el dogma neoliberal en la región. Brasil con Temer y luego Bolsonaro, Argentina con Macri, Ecuador con Lenin Moreno, lo primero que hicieron fue mirar al Fondo Monetario Internacional, establecer políticas de privatizaciones y programas regresivos en cuanto a derechos.

Este movimiento restaurador logró detener los mecanismos de integración que habían avanzado durante los años anteriores. Unasur se desactivó y Mercosur se debilitó.

Pero el neoliberalismo, así como es el dogma que ha querido imponer Estados Unidos en América Latina, ha tenido históricamente un enorme rechazo popular. El neoliberalismo es lo que ha motorizado la política en la región desde hace más de cuatro décadas y aún hoy lo sigue haciendo. Por eso se dio la rebelión de Argentina, que impidió un segundo gobierno de Macri, la rebelión de Bolivia que logró revertir democráticamente un golpe de Estado fascista que fue victorioso en primer término, al derrocar a Evo Morales.

El neoliberalismo fue el causante de las movilizaciones de Chile que llevaron a la llamada “Rebelión de Octubre” de 2019. Al igual que Iván Duque en Colombia, el gobierno de Piñera se jactaba de mostrar números positivos de crecimiento económico, mayormente financiero, tratando de ocultar que esos números se construyen con base en una inmensa desigualdad.

En Ecuador, en 2019, se dieron movilizaciones populares contra el neoliberalismo y las negociones de Lenin Moreno con el FMI, lo que dio un impulso al movimiento popular que no logró ser capitalizado por la izquierda, que dividida y enfrentada no consiguió establecer un liderazgo claro y permitió que se impusiera Guillermo Lasso, un fanático neoliberal que no tardará en volver a encender la pradera en ese país.

En el caso de Brasil, Bolsonaro logró ascender a la presidencia como producto de una operación mafiosa fraguada en tribunales. Lula Da Silva pudo haber ganado en 2018, pues reunía el consenso de la izquierda y una gran popularidad. Pero fue judicializado e inhabilitado, quedando la izquierda huérfana de liderazgo. Solo así ganó Bolsonaro y se permitió el auge de una extrema derecha sumamente violenta, pero a la vez muy disparatada. La habilitación política de Lula Da Silva, lograda hace pocos meses, abre un panorama claro que permitirá a la izquierda reconstituirse y derrotar con toda seguridad a Bolsonaro en las elecciones del año que viene.

En Brasil venían creciendo movilizaciones al unísono con las que se dieron en Ecuador, Chile y Colombia en 2019. La llegada de la pandemia ralentizó estos movimientos, pero pasado un año han tomado nueva vitalidad.

Hay que entender que hay un hilo que une todos los fenómenos que se están dando actualmente en la región. Es el rechazo y la lucha contra el neoliberalismo y sus efectos inevitables de desigualdad, crecimiento de la pobreza y la exclusión, el hambre y la miseria. Todo esto acrecentado por la violencia estatal contra las poblaciones, que es parte de la receta neoliberal para aplacar las esperadas reacciones populares a las impopulares políticas que contempla este dogma ideológico.

El triunfo electoral de la izquierda y, específicamente de los movimientos sociales independientes, en las recientes elecciones de Chile son la señal más clara de que el neoliberalismo una vez más será derrotado y no podrá volver a implantarse. Es probable que se imponga un gobierno de izquierda en Chile en las próximas elecciones de finales de este año.

En el caso de Colombia se configura un escenario también inédito, con una ola de protestas que no parece tener fin a la vista y que ha obligado al gobierno a echar atrás reformas claramente neoliberales. Aunque es incierto el desenlace en términos políticos, pues las elecciones de Colombia están pautadas para la segunda mitad de 2022. De aquí a allá mucho puede pasar y el movimiento puede perder fuerza si no logra consolidar una identidad política sólida y homogénea.

A este cuadro se le pude agregar México que, aunque está lejos territorialmente, representa un punto importante en el panorama político regional, ya que es una de las potencias de América Latina. En México se dio un proceso similar, la insistencia de las élites políticas de imponer el neoliberalismo, y la resistencia de los pueblos, llevaron al colapso del sistema tradicional de partidos, escenario que supo capitalizar Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y que hasta hoy, más de dos años después del inicio de su gobierno, y luego de una salvaje campaña de descrédito y estigmatización, todavía se mantiene como la principal fuerza política de ese país.

La prensa trata de hacer ver el resultado de las megaelecciones del domingo 6 de junio como un “revés” para AMLO, pero la verdad es que, si bien perdió la mayoría calificada en el congreso, mantuvo la mayoría absoluta y se consolida como primera fuerza. Los partidos tradicionales sí vivieron una debacle. Morena pasó de tener 1 gobernación a tener 11 de 15 que conforman la distribución territorial. Así que en México está consolidado el rechazo a la viaja política.

Todo esto lo que hace es reflejar el hecho de que Nuestra América es un territorio en disputa. Se trata de un escenario contingente, que no se logra definir completamente y así se mantendrá durante los próximos años. Los mecanismos de integración, que avanzaron mucho durante la primera década del siglo XXI, se han visto debilitados y su reconstitución dependerá de que se logren consolidar triunfos en países claves, como Brasil y Chile. También dependerá de la voluntad integradora de los gobiernos. Por ejemplo, es de notar que Argentina, Bolivia y Venezuela no han logrado formar un bloque regional. Mucho menos han logrado integrar a México, que bien pudieran hacerlo. Hace falta un liderazgo fuerte e integrador que motorice estos cambios, como lo hizo Chávez durante la primera década del siglo. Tal vez este papel pueda asumirlo Lula Da Silva, de concretarse su regreso a la presidencia de Brasil en 2022.

Ángel González, periodista, articulista, analista político y del discurso, nos ofrece este espacio de reflexión crítica sobre el devenir de nuestras sociedades, las luchas populares, los cambios tecnológicos, económicos y culturales. Es un mapa de búsqueda de una potencia común que produce las condiciones de posibilidad para la transformación del mundo.

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