publicado el: 31 agosto 2021 - 07:58
Hacia una Sociología de la descolonización. Parte III.  El periodo del desencanto

Segundo Paso para Nuestra América.- La matriz teórica estructural-funcionalista de Talcott Parsons, en términos de políticas públicas, legitimó el nuevo orden social capitalista del gobierno de Franklin D. Roosevelt a fin de superar los estragos socio-económicos y políticos de la Gran Depresión. Durante, aproximadamente, 40 años las políticas keynesianas impulsaron la movilidad y el ascenso social. A principios de los años 70, del siglo XX, la baja tendencial de la tasa de ganancia, reacomodó el orden social liberal burgués afectando el Estado de Bienestar. En consecuencia, el desencantó se apoderó de la academia bajo concepciones sociológicas postmodernas. De esta manera, se abrieron las compuertas del todo vale, el solipsismo metodológico, el subjetivismo y el psicologismo.

La Gran Depresión, de los años 20 y mediados de los 30, del siglo XX, impulsó al gobierno de Franklin D. Roosevelt a formular políticas sociales y económicas que resquebrajaran el enfoque neoclásico del libre mercado por un sistema social y cultural ordenado por los elementos estructurales de la acción: el rol, el estatus, los valores, las normas y las colectividades que garantizaran el mantenimiento funcional del sistema social; por tal razón, la lógica sistémica y la propuesta del cambio social de Talcott Parsons, padre del estructural funcionalismo, respondieron a las prerrogativas de la política económica keynesiana. Así, durante más o menos 40 años, en el marco del período de postguerra, las exportaciones de capitales estadounidenses a América Latina y Europa Occidental, de acuerdo con la lógica de la División del Trabajo, de esa Área hemisférica, prometieron la movilidad social e igualdad de oportunidades sin distingos de clases sociales.  

Ahora bien, la tendencia descendente de la tasa de ganancia, afectó, indiscutiblemente, el orden racional pretendido por la visión jurídica liberal burguesa. Las causas contrarrestantes de esta tendencia: el abaratamiento de los elementos del capital constante, el aumento de la intensidad de la explotación, la depresión de los salarios más abajo de su valor y la sobrepoblación relativa, rasgaron las ideologías optimistas del orden racional encarnado en el Estado de Bienestar y de Derecho y en todos sus corpus teóricos empiristas.

La desilusión se apoderó de la academia ubicada en los grandes centros del mundo occidental, los conceptos y las categorías, permeados por las ideologías positivistas, no revelaban el porqué de los procesos de desocialización y desinstitucionalización inminentes que sufrieron los principales Aparatos Ideológicos del Estado Capitalista (la familia y la escuela) a principios de la década de los 70, del siglo XX.

El Socialismo Real, como proyecto político, de igual manera dejó de proponer alternativas socio-políticas y económicas ante la embestida de las corporaciones financieras y empresas promotoras de las nanotecnologías. Entonces, las ideologías postmodernas abrieron un abanico de interpretaciones anti-teóricas. Dejando entrever que las proposiciones burguesas y marxistas dejaron de anunciar posibilidades ético-políticas a fin de alcanzar un mundo más humanizante. La racionalidad del concepto desautorizado por los discursos éticos y por las visiones político-ideológicas relativistas, cambió la pregunta por la capacidad heurística y predictiva de los dispositivos teóricos por las tesis filosófico-sociales alternativas del “todo vale”; consiguientemente, los hechos post facto legalizaron las ideologías del “Fin de la Historia”: El declive del Estado de Bienestar y de Derecho; la Glasnost y la Perestroika; la caída del Muro de Berlín; el fracaso del Modelo de Sustitución de Importaciones; el predominio del “Trabajo Muerto” sobre el “Trabajo Vivo”; la proliferación de las economías “subterráneas”; el fracaso de las Guerras de Guerrillas en el denominado “Tercer Mundo”; entre otros fenómenos sociales, “demostraron”, para un sector de las grandes universidades de los centros metropolitanos, la fragilidad de las explicaciones teóricas marxistas y de fundamentación empirista. Para estos hizo “aguas” el mundo de la lógica de la investigación científica. El solipsismo se entronizó en sus discursos sin opciones políticas macrosociales. El problema cambió de lugar, la lucha no sólo fue contra el capitalismo sino hacia los totalitarismos ya sean de derechas o de izquierdas. Ni el Estado de Bienestar y de Derecho ni la Dictadura del Proletariado; así, la reyerta dejó de ser de clases; de esta manera, el centro fue el hombre y no el ser social y menos el actor social de las teorías empiristas. Las reivindicaciones socio-políticas se resolvieron en el ámbito local y no mundial, así que la principal sospecha recayó sobre el Estado. Un “purismo” político y ético, impulsó la desmitificación de los “grandes relatos”. Es decir, los dispositivos teóricos fueron degradados a nivel de las puras narraciones.

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