publicado el: 8 septiembre 2021 - 07:50

Las sospechosas etiquetas del arte

Autor: Óscar Sotillo Meneses. Ilustración: Etten Carvallo
Las sospechosas etiquetas del arte

Segundo Paso para Nuestra América.-Para Óscar Sotillo, en el universo no hay objeto sin palabra asociada y un objeto no es objeto sin la posibilidad de nombrarlo. Esta condición guarda relación con el arte, que suele crear objetos difíciles de definir y nombrar. La energía creadora del artista, como Sotillo la llama, construye una entidad ”abstracta” que pasa a formar parte del inventario de ese universo ¿Cómo fue la idea primigenia de este objeto? ¿Qué palabras le dieron origen?

Es harto sabido que las palabras no solamente nombran al mundo, sino que lo construyen. La forma del mundo está forjada desde la fragua del verbo, de la palabra creadora, de la energía que el lenguaje convierte en objeto, en acción, en momento transformador. El hipotético ejercicio de salir a la calle y en lugar del paisaje y los objetos ver las palabras que lo nombran y las palabras que le dieron origen sería una alucinación extraordinaria para entender esa “masa pegajosa que se proclama mundo” en palabras de Julio Cortázar.

Existe una convención tácita para que a ese objeto lo llamemos silla o taza. Más allá del fonema o del grafema que lo exprese y se haga inteligible. No solemos preguntarnos ni escudriñar las palabras en su uso cotidiano, basta con decirlas, con insertarlas en una lógica (o ilógica) gramática para que funcionen en el momento y el contexto. Pero antes de la silla, existió la idea de la silla acompañada de una palabra. ¿Fue esta idea primigenia y la palabra el origen de la silla? ¿O apareció la silla y luego hubo la necesidad de darle un nombre, una palabra?

Podemos decir que en el universo no hay objeto sin palabra asociada. Un objeto no es objeto sin la posibilidad de nombrarlo. En este punto nos topamos de golpe con el arte. El arte suele crear objetos de difícil definición. Nace de la energía creadora del artista una entidad ”abstracta”, comienza a habitar el universo, no tiene muchas veces una utilidad concreta ni una forma clara. ¿Cómo fue la idea primigenia de este objeto? ¿Qué palabras le dieron origen?

La relación de la palabra y el objeto, en los predios del arte se complica aún más. Uno de los juegos preferidos de esta disciplina es justamente subvertir el orden de lo que proclamamos mundo. Las leyes gramaticales y todo lo que parezca orden o convenciones queda a merced del método subversivo del arte. La misma palabra arte necesita brújulas y mapas, adjetivaciones, para vivir y entender el ecosistema donde se desarrolla y al cual construye y da forma cada día.

La etiqueta (sospechosa) de “Arte popular” en un sencillo ejercicio subversivo, lleva a pensar de inmediato que hay algo que no es popular. Aquí la palabra popular se presta para denotar un conjunto de objetos y relaciones determinadas en un terreno con linderos más o menos definibles. Todo lo que queda afuera de la definición de arte popular ¿Puede ser considerado arte antipopular, o arte secreto, o elitesco? Esta intención politiza el término. “Que es peculiar del pueblo o procede de él” esta es una de las acepciones de popular que conseguimos en el diccionario. Aquí topamos entonces con las categorías políticas que agregan otro nivel de dificultad al tema.

El manejo de estas etiquetas es un claro mapa de los intereses del poder que somete a la sociedad. Mejor dicho, estas etiquetas son la herencia de una estructura colonial que todavía campea en nuestras concepciones del mundo y por supuesto del arte. Quienes intentaron el dibujo de la taxonomía de las expresiones artísticas con mirada histórica o reflexiva de las acciones presentes, reproducen los mecanismos de dominación impuestos por los grandes poderes invisibles. El arte imagina nuevos mundos y de inmediato es disecado en un afán que comienza buscando entender para convertirse en una vitrina momificadora y legitimadora al servicio de la gran maquinaria. Este es un juego muy común en los ambientes donde el arte nace, crece, se reproduce y muchas veces muere.

El arte es terco, los artistas son una especie de profeta que anuncia los caminos que no han sido todavía recorridos. El arte se sobrepone a cualquier clasificación tendenciosa. Se libera de la atadura academizadora que trata por todos los medios de constreñirlo dentro de un campo explicable y reproducible. Este permanente renacer deja claro que la energía creadora del arte desafía el tiempo y el espacio y las intenciones destructivas más perversas. Los Nazis intentaron estigmatizar una zona importante de la creación de las vanguardias de principios del siglo XX. Le endilgaron el calificativo de “Arte degenerado” (Entartete Kunst). Este arte degenerado se expandió en los imaginarios de todo el planeta, el arte alemán que ellos exaltaban quedó olvidado.

Las etiquetas académicas, políticas y sociológicas que entran al rodeo junto a la creación artística son un elemento clave en el ámbito de la compresión del espíritu humano. Afirmar que un sillín de bicicleta y un manubrio es una cabeza de animal o que un urinario blanco de cerámica es una fuente en medio de un museo puede parecer a primera vista banal o simplista, pero encierra un misterio insondable del espíritu humano y su necesidad creadora.

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