publicado el: 22 octubre 2021 - 07:57

Redes sociales: Peligros del poderío privatizador y colonizador de los datos

Autora: Jessica Pernía. Ilustradora: Etten Carvallo
Redes sociales: Peligros del poderío privatizador y colonizador de los datos

Segundo Paso para Nuestra América.- Tras la aparición de la pandemia por COVID 19 durante 2020, el incremento en el consumo de redes sociales se disparó vertiginosamente, obligando a cambios radicales en las relaciones de poder, en las relaciones sociales, y en las relaciones de trabajo. En este contexto, conglomerados como Facebook, una de las primeras empresas de capitalización de mercado de más de un billón de dólares, dueña también de las aplicaciones Instagram, Messenger, WhatsApp, entre otras, logró posicionarse como líder entre los servicios de redes sociales con más usuarios en el planeta. Sin embargo, por si alguien tenía dudas del monopolio y control que estas empresas tienen sobre nuestras vidas, el 4 de octubre con su caída total, esas dudas se disiparon. Pero esto no solo nos muestra la realidad sobre el consumo o dependencia de servicios y aplicaciones de internet, si no que nos lleva necesariamente a pensar lo que subyace detrás del fascinante marketing de las redes: el flujo de datos. Lo que algunos entusiastas llaman "el petróleo del siglo XXI".

Los nuevos hábitos de consumo de las redes sociales, han transformado exponencialmente las formas de transmisión de información en la sociedad, pero no solo el tipo, técnicas, procedimientos o lógicas de consumo de esa información, sino también las lógicas de la cultura inmaterial y hasta del comportamiento humano.

Tras la aparición de la pandemia por COVID 19 durante 2020, el incremento en el consumo de redes sociales se disparó vertiginosamente, obligando a cambios radicales en las relaciones de poder, en las relaciones sociales, y en las relaciones de trabajo: "El ser humano de nuestro tiempo está hiperconectado", "La sobreinformación nos sobrepasa"; son algunas de las conclusiones de usuarios y analistas en la web.

En este contexto, conglomerados como Facebook, una de las primeras empresas de capitalización de mercado de más de 1 billón de dólares, dueña también de las aplicaciones Instagram, Messenger, WhatsApp, Giphy, entre otras, logró posicionarse como líder entre los servicios de redes sociales con más usuarios en el planeta. En enero de 2021, alcanzaba ya unos 2.740 millones de usuarios y usuarias. Sumándole los consumidores de sus otras aplicaciones: WhatsApp con 2.000 millones, Facebbok Messenger con 1.300 millones, e Instagram con 1.221 millones.

Pero esto no solo nos muestra una benevolente realidad de consumo o dependencia de servicios y aplicaciones de internet, si no que nos lleva necesariamente a pensar lo que subyace detrás del fascinante marketing de las redes: el flujo de datos. "El recurso más valioso del mundo ya no es el petróleo, sino los datos", concluía un artículo del diario The Economist, al reflexionar sobre el poder de éstos. La gran masa de datos que circula en internet a través de las redes sociales, que se convirtió en el objeto de deseo del poder electrónico, y con poder, nos referimos a la institucionalidad corporativa monopolizadora del control de los datos.

Todo dato, personal, empresarial, colectivo, político, mediático, educativo, online u offline, deja una huella digital. La huella que todas las empresas informáticas persiguen para su data management. Las huellas que les dicen qué pensamos, qué sentimos, qué buscamos, qué queremos. Todo lo que nos obliga a escribir en un buscador una palabra, a clickar en un enlace, a dar like en un post, a bloquear a un contacto, a publicar un reel, todo está sujeto al gran detective de la big data.

El gran volumen de datos sobre los más heterogéneos temas, centralizados organizados y procesados, componen la denominada big data, los macrodatos o inteligencia de datos. Pero ¿qué es lo que está mal?. Al respecto Yuval Noah Harari, un historiador israelí más bien liberal, pero reconocido como investigador sobre los abusos del poder detrás de la tecnología, refiere:

En la antigüedad, cuando la tierra era el activo más importante, la política era una lucha para controlarla, y si demasiada tierra se concentraba en muy pocas manos, la sociedad terminaba por dividirse entre aristócratas y plebeyos. En los últimos 200 años, las máquinas y las fábricas se volvieron más importantes que la tierra, y las luchas políticas se centraron en controlar la maquinaria. Cuando la propiedad de las máquinas se concentró en muy pocas manos, la sociedad se dividió entre capitalistas y proletarios. En el siglo XXI, en cambio los datos eclipsarán tanto la tierra como la maquinaria como el activo más importante, y la política será una lucha para controlar el flujo de datos. (El confidencial, 2018)

Básicamente, el dilema al que se enfrenta la humanidad es precisamente sobre quién controla los datos, y qué o cuáles mecanismos de regulación tendrán las naciones y sociedades, no solo en el ámbito de sus fronteras, sino incluso, en el ámbito global sobre el control de los datos por empresas privadas.

Si los datos representan la materia prima fundamental del nuevo cambio de era tecnológica, y las plataformas por donde fluye y se concentra el dato como unidad mínima, o los macrodatos (como datos masivos y a gran escala), están siendo privatizados, o usados para fines privativos, comerciales, financieros, incluso peor, con fines políticos o psicológicos, ¿a qué nos enfrentamos? ¿qué tipo de sociedad estamos fundando en el presente y qué consecuencias tendrá en el futuro próximo?

El asunto se pone más espeluznante cuando nos enteramos, a partir del ya tradicional Informe Global sobre el Entorno Digital 2021 de la empresa Hootsuite, que la cantidad de usuarios de las redes sociales alcanzó más del 53% de la población mundial. Claro, con la mayoría de la población en confinamiento por la pandemia COVID 19 durante 2020, los usuarios de las redes sociales crecieron exponencialmente.

Según el informe, en enero de 2021 los usuarios de redes sociales sumaban 4.200 millones de usuarios. ¿Cuántos datos por segundo podían liberar estos usuarios confinados a las empresas como Facebook, Whatsapp e Instagram? ¿Cuántos "me gusta"?, ¿Cuántas fotografías personales? ¿Cuántos datos empresariales? ¿Cuánta búsquedas? ¿Cuántas transacciones? ¿Cuánta información?

Hay otros agravantes. Con el vertiginoso avance tecnológico basado en internet -la big data-, aunado a la inteligencia artificial, y las fusiones de sus empresas desarrolladoras con empresas que innovan en la biogenética, el control sobre los datos se superó a sí mismo, llegando a usar, no solo datos o informaciones generales, sino información biométrica y psicológica, a partir de datos emocionales y físicos liberados por los consumidores. Cientos y cientos de datos sobre lo que sentimos, nuestras frustraciones, nuestros complejos o miedos, nuestros deseos, nuestro tamaño, o color, nuestras enfermedades, son almacenados en la nube, gestionados y analizados como mercancía.

¿Qué logran con esto? Tranzarlo a grandes empresas ligadas a los gobiernos, al mercado financiero, y al comercio electrónico. Todo a partir de las técnicas de data mining (para obtener patrones de comportamiento y preferencias), profiling (para obtener perfiles de las personas), todas éstas basadas al mismo tiempo en la psicometría o psicografía, como disciplina que utiliza métodos psicológicos, para medir y cuantificar variables de la personalidad, clasificando a las personas según sus actitudes, sus aspiraciones y otros criterios.

En los años 80, dos equipos de psicólogos demostraron que cada rasgo del ser humano se puede evaluar basándose en cinco dimensiones de la personalidad, conocidos como los Big Five. Estos son: Disposición (¿Cuan dispuesto estás a nuevas experiencias?); Conciencia (¿Cuan perfeccionista eres?); Extraversión (¿Cuan sociable eres?); Amabilidad (¿Cuan considerado y cooperativo eres?); y Neuroticismo (¿Eres fácil de enfadar?). En base a estas dimensiones -conocidas como OCEAN por el acrónimo del inglés: openness, conscientiousness, extroversion, agreeableness, neuroticism, podemos hacernos una idea bastante acertada de cómo es la persona que tenemos delante. Esto incluye sus necesidades, sus miedos y su comportamiento. El “Big Five” se ha convertido en la técnica estándar de la psicometría (en la comunicación y el comercio electrónico). Pero durante mucho tiempo, el problema de esta técnica fue la recolección de los datos necesarios, ya que implicaban el relleno de un largo formulario muy personal (persona por persona). Pero, llegó Internet. Y el Facebook. (Cubadebate; "Yo no construí la bomba, sólo demostré que existía"; 2017)

Los datos biométricos suman nuevas posibilidades al experimento del control humano. El reconocimiento facial, los sensores, las huellas, los datos de las formas físicas almacenados en cada aplicación, el reconocimiento de voz, son también parte de los elementos no ya psicológicos sino biológicos, que se convierten en datos. Datos que también pueden, y de hecho, usan deliberadamente las empresas creadoras de las redes sociales. Haciendo una analogía a una frase del historiador Noah Harari, básicamente: Están hackeando a los humanos.

Nos hallamos ante dos distopías distintas que encajan entre sí. La distopía del capitalismo de vigilancia en la que no hay un dictador como el de Gran Hermano pero en que, cada vez más, las decisiones las irá tomando un algoritmo, y no sólo decisiones sobre qué comer o dónde comprar, sino decisiones sobre dónde trabajar, dónde estudiar, con quién salir, con quién casarse y a quién votar. Me gustaría saber si hay algo en los seres humanos que, por definición, no se pueda descifrar. Podemos llegar a un punto en el que un algoritmo tome esas decisiones mejor que nosotros. Pero luego tienes la distopía propia de un régimen totalitario basada en un sistema de vigilancia total...Regímenes totalitarios...aumentados con sensores biométricos y capacidad para realizar un seguimiento de todos y cada uno de los individuos las 24 horas del día (Collateralbits; "La inteligencia artificial puede ser una tecnología de dominación"; 2019)

Entonces ¿Qué hacer frente al inminente poderío privatizador y colonizador que representan los conglomerados como el de Facebook con Whatsapp e Instagram? ¿o tal vez el de Google, Apple o Amazon? (De los cuatro conglomerados más poderosos a nivel mundial).

Tendríamos que revisar las consecuencias que trajo a nivel político, financiero, económico y social, la caída del conglomerado Facebook a inicios de octubre de 2021. Si alguien tenía dudas del monopolio y control que estas empresas tienen sobre nuestras vidas, ese día se disiparon. Un análisis de un diario tradicional español, entonces concluía: "Facebook domina las comunicaciones interpersonales. Amazon domina el comercio electrónico. Google domina el acceso a la información. Ninguna puede caerse durante seis horas sin graves consecuencias".

El debate no debería enfocarse sobre la utilidad o no del desarrollo tecnológico, para empezar, o de su regulación en el sentido estricto de la ciencia y del conocimiento, sino más bien en el tema de la propiedad, y en el uso que se le está dando. Parece que el dilema está migrando del campo estrictamente tecnológico al campo de la ética.

Lo que nos debe obligar no solo a reconocer los peligros de la falta de leyes y regulación sobre acelerada producción privativa del desarrollo tecnológico o científico, sino también, sobre la inminente necesidad de hacer algo. Organizarnos, demandar, hacer presión, hacer contraloría legal y social, y lograr en el mejor de los casos, controlar desde la institucionalidad y la sociedad civil el poder de esos conglomerados. Pero si aún vamos más allá, lo excepcional sería que los Estados, la institucionalidad democrática, la sociedad organizada, pudiera promover la creación científica y tecnológica propia, pública, regulada por los ciudadanos y ciudadanas, y promover del mismo modo, su uso lejos del interés corporativo y mercantil, enfocándola en el interés y las necesidades vitales humanas.

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