publicado el: 20 julio 2022 - 22:32
Boric y la nueva ola progresista ¿un impulso gatopardiano?

Segundo Paso para Nuestra América.- La historiografía, la ciencia política y el periodismo de análisis, concuerdan en que una ola progresista se extendió por América Latina durante el primer decenio de los 2000, y que en la actualidad parece refundarse, aunque con características diferentes. Tal es el caso del gobierno chileno presidido por Gabriel Boric, quien a pesar de llegar a la presidencia apoyado por amplios sectores de la izquierda, ha desarrollado más bien una política de concertación con los grupos de poder tradicionales, ha respondió débilmente a las demandas octubristas, y además, ha sostenido polémicas posiciones con gobiernos del bloque progresista de la región. En esta entrevista al investigador y analista político venezolano Diego Sequera, revisamos estos temas desde una visión crítica.

Jessica Pernía de Segundo Paso para Nuestra América: Tanto la historiografía como la ciencia política contemporánea, sin dejar a un lado el periodismo de análisis, concuerdan en que una ola progresista se extendió por América Latina durante el primer decenio de los 2000, y que entró a su fin producto de cambios drásticos en las condiciones de la geopolítica mundial, el lógico agotamiento tras un largo ejercicio de poder ininterrumpido; y los inconvenientes propios de las políticas internas a cada nación para decidir sus líneas o formas de sucesión en el campo de la política electoral. De cualquier forma, la estancia en el poder de los gobiernos de derecha posteriores (que llegaron por vía democrática, por vía de golpes de estado o por vía de golpes parlamentarios) que les sustituyeron, tampoco alcanzaron a sostenerse demasiado tiempo y lo que parece ser una nueva ola progresista les ha ido pulsando. Entonces ¿de qué se trata esta idea de “nueva ola progresista” en la región?

Diego Sequera, Analista político venezolano: No soy fan del ex presidente Correa, pero haber definido los ciclos de cambio en la región, al menos en su primera hora, como un “cambio de época” pareciera ayudar a entender que a pesar de avances y retrocesos, del retorno más o menos provisional de una restauración neoliberal, todo esto pareciera ocurrir con otro telón de fondo naturalmente diferente a cómo y hasta dónde pudieron operar las fuerzas, digamos de la reacción, en el siglo XX. No es que el retorno -con diferentes y nuevos recursos de ingeniería política- de la restauración no haya sido violento, no se haya derramado sangre y el daño a la población haya sido considerable, pero entre los elementos traumáticos de factura reciente y las cicatrices del siglo XX existen diferencias significativas. Macri, el retorno al status quo ante en Paraguay y Ecuador, el golpe multifactorial en Brasil o el ciclo espurio de cambio de régimen en Bolivia han hecho daño en materia de reversión de conquistas sociales y retoma de soberanía, pero no tienen la impronta de las dictaduras militares del cono sur o el salvajismo de la guerra sucia centroamericana. Puede que, visto así, el retroceso no haya sido tan bárbaro. Un efecto del piso que produjo el cambio de época.  

Las fuerzas de lo que convencionalmente se ha llamado la derecha tuvieron oportunidad de adaptarse a su tiempo (pudiéramos decir que Estados Unidos le dio chance de actualizarlas), estudiar las debilidades y contradicciones por dónde avanzar y por una vía o por otra instalar una nueva edición de la misma clase política consular más desangelada y vulnerable, política, legal e intelectualmente. Macri, Moreno o Guaidó son liderazgos aún más frágiles y dependientes que cualquiera del siglo XX. Esto lo digo porque su vulnerabilidad también puede concebirse como proporcional a la de Washington en la cosmovisión de sus burócratas contemporáneos -mediocres nivel récord Guiness- y las actuales debilidades internas en el imperio transatlántico en general.

Por otro lado, aún más importante, es la propia experiencia de quienes, luego de ese reacomodo geopolítico de más o menos un lustro, hoy votan por la opción antagónica: los presuntos progresistas. Me refiero a la experiencia de haber vivido mejor y que repentinamente todo lo alcanzado se desvanezca traumáticamente. Creo que ese es uno de los motores más importantes. Ahora bien, un Fernández es una edición descafeinada del aplomo y la determinación de los Kirchner en su primera hora. Pero, producto de las distintas variaciones de guerra híbrida, es probable que un líder más radical e incluso más carismático tuviera mayores obstáculos para electoralmente volver a la sede del poder. Esta segunda “ola” trae consigo líderes en teoría más “potables” según la óptica del occidente colectivo, para emplear la conceptualización feliz de los rusos. Y, por lo tanto, sus objetivos, frente a un Chávez o un Lula parte 1 también son más atenuados, y, al menos en principio, más vulnerables. Además, les toca lidiar con los numerosos daños del lustro de la restauración: deudas nacionales, menor credibilidad en la política y lo político, “weaponización” de la inseguridad y los grupos irregulares delictivos, etc.

Por supuesto, esto es desigual y el caso por caso pudiera ecualizar mejor dónde se encuentran cada uno. Y, tal vez, la medida principal sobre hasta dónde opera una radicalidad se encuentra en hasta dónde son capaces de ejercer su autonomía, más que reivindicaciones identitarias de última hora. En resumen, es un retorno lógico de manera existencial para quienes votaron por ellos, pero pudiera existir una propensión mayor a la decepción en cuanto a su alcance político cuando se mide por los liderazgos y sus capacidades para recomponer lo que fue conquistado, o, como en el caso de Honduras, por ejemplo, emprender ese camino hacia una independencia política y económica efectiva, mirando hacia la región en vez de hacia el norte.

SPNA: El periodista y politólogo argentino José Natanson, refiere que esta ola de izquierda está lejos de ser homogénea, y describe al menos tres corrientes diferentes que advierte “no constituyen categorías puras”: Una primera corriente de izquierda autoritaria, en la que involucra a gobiernos como el de Venezuela y Nicaragua, que aunque originalmente nacieron de manera democrática fueron derivando en “sistemas crecientemente autoritarios”, asegurando su continuidad; una segunda corriente, caracterizada por una izquierda que gobierna en países donde no gobernó la izquierda, y en la que suma a países como México, Honduras, Perú y Colombia; y una tercera corriente, de la “izquierda que regresa” cristalizada en países como Argentina, Bolivia y Chile, y si se confirman los pronósticos, Brasil. Sin embargo, ¿cómo es realmente el progresismo al que vuelve América Latina? ¿Realmente son éstas las corrientes que caracterizan el retorno de la izquierda?

DS: Es gracioso su advertencia de “categorías puras” para luego lanzarse, en términos platonistoides, precisamente, intentos de definir puristamente las distintas presuntas corrientes según la óptica de Natanson, que no es más que la tradición esteticista porteña.

Primero, ¿“crecientemente autoritaria” respecto a qué? Es muy cómodo teorizar sin la encarnadura de la experiencia, en particular omitiendo las dimensiones y magnitud de la violencia, fuerza y presión de las expediciones de cambio de régimen contra el país donde yo vivo, Nicaragua y Cuba. ¿La supervivencia es autoritaria? La evidencia de acciones de guerra no convencional más movilizaciones de astroturfin codificada en revoluciones de colores (donde todos ellos se confunden) llevaron a nuestras sociedades, en particular la nuestra con dos ciclos bastante agresivos (2014, 2017) dentro del territorio y luego una asfixia brutal económica y financiera que alcanzó su clímax desde afuera y de la que ninguno de nuestros tres países ha salido todavía. Es tragicómico que en este punto el señor Natanson esté en sintonía con John Bolton y su “troika de la tiranía”. No le deben gustar, como a Bolton, el sinnúmero de matices y las razones por las que esto ha tenido que sencillamente ser así, y que, además, es una premisa falaz.

Aquí se derrotó la ultraviolencia con elecciones y un llamado a lo más profundo del repertorio democrático: invocar al poder constituyente originario. Grupos armados, expediciones mercenarias, intentos de magnicidios confirmados por los medios gringos, todo eso pasó. Es claro que para esa izquierda progresistoide la verdadera medida es cuánta serotonina les llega con medidas y acciones de gobierno. Sin el cómo se resistió en Venezuela, Nicaragua y Cuba no existirían las actuales “izquierdas” políticamente correctas que se ocupan no de la soberanía sino de cumplir con las cuotas de lo políticamente correcto (igual que el Partido Demócrata, por cierto).

¿Que se perdió terreno? Sin duda. ¿Que esto obligó a buscar en cierto modo medidas pragmáticas para poder meter dinero en el país y evitar el colapso? Sí. Pero en Argentina ganó Macri producto de las ansiedades culturales de la izquierda. En Brasil un estornudo dentro del sistema y el PT no pudo hacer nada. Y, de paso, esa misma izquierda nos abandona en la peor hora para nuestros países.

Claramente en esas definiciones ajustadas a los preceptos universitarios de las escuelas de ciencias sociales de Globalistán tienen también un problema serio sobre las definiciones de nacionalismo popular, algo quizás más poderoso que la lógica del centro de estudiantes perpetuo que se ve en Argentina, cuando chocan directamente con la herencia más importante del peronismo, por ejemplo. O cómo tienen que encasillar a López Obrador a esa izquierda esterilizada cuando se inserta claramente en la mejor tradición del nacionalismo popular de un Lázaro Cárdenas. No creo que los gobiernos que dan los pasos más audaces lo dan para ajustarse al lecho de Procrusto. Si fuera por esa izquierda a lo Natanson, no hay retorno democrático en Bolivia, punto. Esto trae elementos de conservador en el sentido más literal de la palabra: la preservación de elementos que se enfrenten a la disolución nacional y las disolvencias espirituales, operan contra la balcanización mental y el ningunapartismo al que el pobre Pedro Castillo -un verdadero representante de las clases populares más desfavorecidas y olvidadas de su país- ha sido sometido, abrumado por las fuerzas del poder real y la deriva caprichosa de las formaciones “progresistas” en el Perú.  Lula, a semanas de ser encarcelado tuvo tiempo de criticar a Venezuela por estar más preocupados por Bolívar que por la “industrialización” mientras que el desmantelamiento de lo público no ha podido frenarse en su país desde 2013.

No, esas categorías más estéticas que materiales no me parecen que asumen y adoptan la encarnadura de esa “ola” lo suficiente. Más cuando hay que enfrentar las formas más feas de la antipolítica y verle el rostro hórrido al poder puro y duro, sin frisados discursivos. La verdadera medida es la soberanía, y con ella, cuánto se impide que la muerte prevalezca, cuánto de la patria (chica o grande) se disuelve y se pierde.  

SPNA: Dentro de los países que integran esta ola progresista, aparece el gobierno de Gabriel Boric en Chile, que recientemente superó 100 días de gobierno en medio de polémicas producto de la debilidad en la materialización de sus promesas políticas. Con la propuesta final de la nueva Constitución en ciernes, el gobierno de Boric ha sido tildado por la propia izquierda del país como social demócrata. Habiendo contrariado sus propias posiciones como diputado, sosteniendo una política de concertación con los grupos de poder, conforme las demandas octubristas han sido respondidas con “migajas” mientras el país se enfrenta a una ola inflacionaria, una escalada de protestas sociales -sobre todo relacionadas al conflicto mapuche-, y los conflictos y contradicciones de la política interna. ¿Cuál es el saldo real que suma a la ola progresista el gobierno chileno actual?

DS: La versión más acabada de una izquierda narrativa, la multistakeholder, de superficie, hasta cierto punto -tarde o temprano- gatopardiana: la que anuncia que cambiará todo para que todo quede igual. La que, incluso, pudiera estropear el impulso verdaderamente significativo y sustancial en Chile: el de la refundación constitucional. El tema inflacionario se mueve más a la par de la evolución de la constituyente que del propio Boric. Y, visto así, ¿cuánto puede incidir en el desarrollo, prosecución y lanzamiento de esa constitución con un liderazgo en el ejecutivo débil, indeciso y presa de su narrativa más que de su capacidad de actuar en sintonía con las demandas materiales de su momento? Boric pareciera encarnar la versión más acabada de los elementos más Caballo de Troya de la definición de progresista que se ha puesto a andar en los últimos años, una que, de nuevo, se preocupa más de las ansiedades identitarias y de lo correcto que de hacer lo necesario por el país olvidado, la abrumadora mayoría de la población chilena. Esto incluye, además, el desencanto. La posibilidad de que al no lograr nada la población encuentre más fe en falsos “outsiders” tipo Kast, basado en la falsa idea de que este sí tiene carácter y sí va a hacer. Evidentemente el conflicto mapuche no se va a resolver ni con patentes de santidad ni con abstracciones sobre inclusión y participación. Si no se adopta lo mierda del problema, la mierda va a persistir.

SPNA: Las posiciones controversiales de Gabriel Boric también dan mucho de qué hablar. Pasando por las alianzas y cercanía con el gobierno de Joe Biden, sus encuentros con altos empresarios de Amazon, Walmart, Coca-Cola y otras empresas durante su gira por EEUU y Canadá; su cercanía a Volodimir Zelensky respecto a la guerra ruso - ucraniana, y llegando a las fuertes críticas al gobierno de Nicolás Maduro, el Presidente Gabriel Boric parece alejarse de posturas izquierdistas o progresistas ¿Cuál puede ser el riesgo de estas posiciones políticas sobre los gobiernos de Estados Unidos, Ucrania o Venezuela en medio de lo que parece ser un auge del progresismo regional?

DS: No es un riesgo: es la razón de ser de la estetización política. Si se dictamina a partir de consejos de notables como el Grupo de Puebla country club en vez de examinar las experiencias que sí han, efectivamente, enfrentado y sobrevivido al imperio a un costo muy alto -prácticamente solos- como Venezuela, Cuba o Nicaragua, es una política de paños calientes. Cuando digo que Boric es la izquierda multistakeholder hablo de que el habla más como representante de un conglomerado de actores no-estatales que emiten el deber ser de ese discurso: ONGs, corporaciones con discursos woke, con las nuevas variaciones discursivas del mercado muy en la línea del imperialismo interseccional de hoy en día (reflejada en la alianza neoliberal y neoconservadora de la administración Biden). Una izquierda con estas características se desentiende del Estado y lo público, de lo verdaderamente público, de los asuntos apremiantes de la polis, por esas alineaciones narrativas.

Por ejemplo, no es de gratis que sea Boric el que pretende proponer un “plan global” para el caso de la “migración venezolana”, una migración de probeta que a pesar de tener causas concretas y reales también es inducida, fue estimulada, y se basó en función de lo que producían las distintas acciones punitivas del cambio de régimen. Luego, respecto a Ucrania y la Cumbre de las Américas, también queda claro de que ese progresismo no se asume amigo de la multipolaridad o la apuesta euroasiática. Visto así, queda bastante en entredicho de qué va el aspirado “eje progresista” de algunos apoyándose sobre todo en Chile, Argentina, Colombia y un potencial retorno descafeinado de un Lula. No me cuesta afirmar que esa es la nueva apuesta de Estados Unidos, las corporaciones y el eje trans-atlántico en su peor hora.

SPNA: Boric ha abogado públicamente por una América Latina que "vuelva a tener una voz en el mundo", justificando que ésta se ha ido perdiendo por la creación de organizaciones en función de las afinidades ideológicas de los mandatarios de turno, refiriéndose directamente a organizaciones como ProSur, Unasur e incluso el Grupo de Lima, pareciendo crítico hacia los gobiernos de izquierda, pero también crítico hacia los de centro y derecha ¿Es posible que este modo de hacer política en Boric, se convierta en una forma de “reimaginar”* la izquierda latinoamericana?

Una voz ajustable a las necesidades de Kamala Harris será. Es gracioso “reimaginar” a América Latina reconociendo solamente a la OEA en vez de a la Celag o la experiencia de la Unasur. Por supuesto que Boric está a la medida de los deseos de reimaginación de un Jon Lee Anderson, tal vez, en su momento, el cronista más prominente de la desventura Guaidó. Ahí queda clarísimo el impulso gatopardiano de Boric, con su soberanía relativizada y que más allá de su narrativa de centro de estudiantes perpetuo, a la hora de los bloques de poder, globales y regionales, desconozca todos los experimentos y busque “reimaginarlo” todo a partir de lo establecido por Estados Unidos y sus aliados.

*Categoría usada por el periodista norteamericano, Jon Lee Anderson sobre Boric como líder de la ola progresista.

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