El Liderazgo de Estados Unidos Está Erosionado

Segundopaso - El imperialismo del siglo XXI debe ser evaluado en función de los enormes cambios registrados en el capitalismo contemporáneo. Desde hace 40 años rige un nuevo esquema de acumulación de bajo crecimiento en Occidente y significativa expansión de Oriente, enlazado por medio de la globalización productiva.

El desdoblamiento internacional del proceso de fabricación, la subcontratación y las cadenas de valor apuntalan ese esquema productivo sostenido en la revolución informática. Ese desenvolvimiento del capitalismo digital contribuyó a masificar el desempleo y a generalizar la precarización, la inseguridad y la flexibilización laboral. Así lo afirma Claudio Katz, profesor de la Universidad de Buenos Aires en su artículo de análisis La crisis del sistema imperial, de la Agencia Latinoamericana de Información ALAI.

Se podría decir que este nuevo modelo opera a través de la financiarización que introdujo la autonomía crediticia de las empresas, la titulación de los bancos y la gestión familiar de las hipotecas y las pensiones. Esa gravitación financiera en el funcionamiento corriente de la economía multiplicó, a su vez, el periódico estallido de impactantes crisis.

Las burbujas especulativas -que corroen al sistema bancario y desembocan en socorros estatales de creciente envergadura- acentúan los desequilibrios del capitalismo actual. Este sistema está muy afectado por las tensiones que suscita la sobreproducción (que potenció la globalización) y la fractura del poder de compra (que acentuó el neoliberalismo).

A continuación, se reproduce un extracto del extenso análisis geopolítico que este economista e investigador argentino realiza, en el que expone la realidad de Estados Unidos como un Imperio fracasado minado por la crisis económica y política, país que ya no está en condiciones de enfrentar nuevas realidades y desafíos del Siglo XXI.

Erosión del liderazgo imperial

La existencia de un bloque dominante comandado por Estados Unidos es la principal característica del sistema imperial contemporáneo. La primera potencia es la mayor exponente del nuevo modelo y la evidente gestora del aparato de coerción internacional, que asegura la dominación de los acaudalados.

La contradicción primordial del imperialismo actual radica en la impotencia de su conductor. El coloso del Norte padece un liderazgo erosionado, como consecuencia de la profunda crisis que afecta a su economía. Washington perdió la preponderancia del pasado y su declinante competitividad fabril, no es contrarrestada por su continuado comando financiero o su significativa supremacía tecnológica.

La economía estadounidense no afronta un simple retroceso de su continuada supremacía. La gravitación internacional del aparato estatal norteamericano y la primacía de sus finanzas, contrastan con el declive comercial y productivo del país.

“Estados Unidos está corroído por tensiones raciales y por fracturas político-culturales, que contraponen al americanismo del interior con el globalismo de las costas”

En los hechos, el poderío que preserva Estados Unidos se asienta más en el despliegue militar, que en la incidencia de su economía. Por esa razón resulta indispensable analizar a la primera potencia en clave imperial.

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El fracaso del belicismo

Desde hace varias décadas Washington intenta recuperar su liderazgo mediante acciones de fuerza. Esas incursiones concentran los principales rasgos del imperialismo actual. El Pentágono gestiona una red de contratistas que se enriquecen con la guerra, reciclando el aparato industrial-militar. Conservan en los períodos de distensión bélica, la misma preeminencia que en las etapas de alta conflictividad.

El modelo económico armamentista norteamericano se recrea mediante elevadas exportaciones, altos costos y permanente exhibición del poder de fuego. Esa visibilidad exige la multiplicación de las guerras híbridas y todo tipo de incursiones de las formaciones paraestatales.

Con esos mortíferos instrumentos Estados Unidos ha generado dantescos escenarios de muertes y refugiados. Recurrió a hipócritas justificaciones de intervención humanitaria y “guerra contra el terrorismo” para perpetrar las atroces invasiones en el “Gran Oriente Medio”. Esas operaciones incluyeron la gestación de las primeras bandas yihadistas, que posteriormente cobraron vuelo propio con acciones contra el padrino estadounidense. Washington fue muy lejos al consumar la pulverización completa de varios países.

Pero el dato más llamativo de ese destructivo modelo ha sido su estrepitoso fracaso. En los últimos veinte años, el proyecto de recomposición estadounidense mediante acciones bélicas ha fallado una y otra vez. El “siglo americano” que concibieron los pensadores neoconservadores fue una fantasía de corta duración, que el propio establishment de Washington abandonó para retomar el asesoramiento de consejeros más pragmáticos y realistas.

Las ocupaciones del Pentágono no consiguieron los resultados esperados y Estados Unidos se convirtió en una superpotencia que pierde guerras. Fracasaron Bush, Obama, Trump y últimamente Biden, en todos los intentos de utilizar la superioridad militar del país para inducir un relanzamiento de la economía yanqui. Pero al final de una tormentosa cruzada, Estados Unidos fue humillado en Afganistán, se repliega de Irak, no pudo doblegar a Irán, fracasó en la creación de gobiernos títeres en Libia y Siria e incluso debe lidiar con el boomerang de los yihadistas que operan en su contra.

“La clase dominante norteamericana necesita preservar su acción imperial, para sostener la primacía del dólar, el control del petróleo, los negocios del complejo industrial-militar, la estabilidad de Wall Street y las ganancias de las empresas tecnológicas”

Por esa razón, todos los conductores de la Casa Blanca ensayan nuevas variantes de la misma contraofensiva. Ningún mandatario estadounidense puede renunciar al intento de recomponer la primacía del país. Todos retoman ese objetivo, sin llegar nunca a buen puerto. Sufren la misma compulsión a buscar algún camino de recuperación del perdido liderazgo.

Esa rigidez, en gran medida obedece a los compromisos de una potencia que ya no actúa sola. Washington encabeza el tejido de alianzas internacionales construido a mitad del siglo XX, para lidiar con el denominado campo socialista. Esa articulación se asienta en una estrecha asociación con el alter imperialismo europeo, que desenvuelve sus intervenciones bajo la égida norteamericana.

Los capitalistas del Viejo Continente defienden sus propios negocios con operaciones autónomas en Medio Oriente, África o Europa Oriental, pero actúan en estricta sintonía con el Pentágono y bajo un comando articulado en torno a la OTAN. Los grandes imperios del pasado (Inglaterra, Francia) preservan su influencia en las viejas áreas coloniales, pero condicionan todos sus pasos al veto de Washington.

Esa misma asociación subordinada mantienen los co imperios de Israel, Australia o Canadá. Comparten con su referente la custodia del orden global y desenvuelven acciones amoldadas a las demandas de su tutor. Suelen apuntalar a escala regional, los mismos intereses que Estados Unidos asegura a nivel mundial.

Una contundente expresión de esa inconsistencia fue el carácter meramente pasajero del modelo unipolar, que el proyecto neoconservador imaginaba para un nuevo y prolongado “siglo americano”. En lugar de ese renacimiento emergió un contexto multipolar, que confirma la pérdida de supremacía norteamericana frente a numerosos actores de la geopolítica mundial.

El imperialismo actual opera, por lo tanto, en torno a un bloque dominante comandado por Estados Unidos y gestionado por la OTAN, en estrecha asociación con Europa y los socios regionales de Washington. Pero los fracasos del Pentágono para ejercer su autoridad han derivado en la irresuelta crisis actual, que se verifica en el despunte de la multipolaridad.

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