publicado el: 22 septiembre 2022 - 20:15

El hijo del pueblo y la reina infausta II

AUTOR: RAMÓN MEDERO. ILUSTRACIÓN: ETTEN CARVALLO
El hijo del pueblo y la reina infausta II

Segundo Paso para Nuestra América.- Entregamos la segunda y última parte de este artículo que expone las profundas contradicciones morales y éticas de la monarquía británica, así como el doble rasero de las superpotencias y la forma en que ello ha impactado en la geopolítica de Asia Occidental y el mundo. Acá cobra mayor relevancia la antítesis de valores entre la monarquía -aristocracia y la verdadera esencia de toda revolución, en particular la de la Revolución Islámica de Irán, a través de uno de sus hijos más amados, Mohammad Ali Rayaí, en ocasión del reciente libro El hijo del pueblo, El Faro, Bogotá, 2022. Veamos cómo, desde la doctrina de la alta probabilidad, la realeza británica, beata y predestinada por Dios, es capaz de cometer cualquier fechoría, incluyendo el magnicidio de Rayaí.

Por la Gracia de Dios

El interregno ha sido muy breve. Aún tibio el cuerpo de la reina, en ceremonia casi medieval, con uniformes que parecen sacados de un pomposo vestuario teatral, y teniendo la complacencia de los lores y demás representantes de la Corona y de todo el extenso mundo bajo su dominio, proclamaron varias veces, por la “Gracia de Dios”, que el príncipe de Gales, Charles Philip Arthur George es ahora Carlos III (llamémosle entre nosotros Carlos “el díscolo”, Carlos “el tricorne”, Carlos “el mosquito muerto”, Carlos “el amancebado”, o el apodo que usted crea más conveniente para seguir la tradición monárquica europea). Carlos es ahora el amo supremo de todo el Reino Unido, Gran Bretaña, Irlanda del Norte y demás territorios de ultramar usurpados, como es el caso de Las Malvinas.

No deja de sorprendernos cómo, en aquel belicoso archipiélago, semejantes pillos coronan y entierran primero a una reina, y luego proclaman a un rey, comprometiendo en ello al mismísimo “Dios” y a Su Gracia.

Quizás, en este momento, el corazón de Carlos está subido a su garganta a causa de la angustia que debe causarle el saberse dueño de tanto señorío, de un cofre de tesoros tan desmesuradamente grande y pesado que su “vieja” (lo decimos con cariño caribeño) no pudo llevarse a la tumba. Que no se le ocurra a este reyezuelo atizar el fuego de la guerra para acuñar más monedas y lingotes de sangre. Que se quede boca abajo, ciego, mudo y sordo. De esta manera será más guapo y útil el mameluco.

También es muy probable que una parte de las "Commonwealth realms", esto es, los reinos de la Mancomunidad, conformada por catorce naciones o monarquías constitucionales, de las que Carlos III es Jefe de Estado, ya no quieran pertenecer a la corona y se declaren independientes, aprovechando la coyuntura, como ya lo hizo en su momento Barbados, en 2021. Esto es bastante factible, aunque no sería masivo. Alguna se atreverá a ello, pero, a mi juicio, la independencia de algunos de estos “reinos” afectaría muy poco a la corona, golpearía el orgullo patrio, sí, pero como la imagen del reino ya no vale ni un penique y las arcas seguirán siempre llenas, podría ser más bien un alivio para Carlos III “el necio”.

Lo que ocurre en Europa no está lejos ni es ajeno a nosotros los latinoamericanos y caribeños. Nueve de esos países bajo el control de la monarquía inglesa, territorios insulares en su mayoría, a excepción de Belice, forman parte de Nuestra América, a saber, Antigua y Barbuda, Bahamas, Granada, Jamaica, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas; en este grupo no se incluye a Las Malvinas que pertenecen a Argentina, pero que luego del ultraje británico constituye también una monarquía constitucional. La emancipación en estos territorios nos parece un buen escenario, aunque no respondan necesariamente a un programa revolucionario, antineoliberal y contrahegemónico.

La vileza de la realeza y la belleza moral de los humildes

La verdad es que ninguno de estos dos bandidos, Isabel y Carlos, cuenta con la verdadera simpatía de los pueblos, tanto del suyo propio como de los que han subalternizado, sino más bien el termómetro oscila entre el repudio visceral y la admiración irracional de la que son objeto por parte de sus feudatarios y vasallos; una admiración alimentada a través de los medios con una farandulería al estilo de la revista Hola, Ronda o Vanity Fair. Estos monarcas de la dinastía Windsor no son hijas ni hijos del pueblo británico, sin mencionar el hecho de que ocultaron su verdadero origen germano y renunciaron a su apellido Hannover. En realidad, ningún rey o reina, emperador o emperatriz, puede ser hija o hijo de un pueblo, ni ser amada o amado por este.

Los valores éticos y morales que caracterizan a la canalla reaccionaria neoloconial tienen como antítesis la pureza espiritual y principios humanitarios de los mártires, aquellos y aquellas cuya vida estuvo colmada de fe, fraternidad, altruismo y solidaridad. El contraste espiritual que existe entre un ser humano como Carlos III, señalado de racista y corrupto, que se vale del tráfico de influencias, que es maltratador y violento, petulante, extravagante y adicto a la vida lujosa, nada tiene que ver con la entereza y sencillez de un alma como la del presidente mártir Mohammad ‘Ali Rayaí, el hijo del pueblo, quien, a pesar de los cargos públicos que ocupó, nunca olvidó su origen humilde y rechazaba cualquier forma de adulación:

“Si quieren respetarme y procuran servirme, tienen que abandonar estas formalidades y trato impersonal; recuerden a menudo que soy Mohammad ‘Ali Rayaí, hijo de Abdus Samad, un vendedor ambulante de platos.” (El hijo del pueblo. Memorias del presidente mártir Mohammad ‘Ali Rayaí, p. 143).

Este libro que hemos venido citando, El hijo del pueblo (El Faro Internacional, Bogotá, 2022) compila testimonios, recuerdos, discursos, memorias, ponencias, cartas oficiales y textos políticos que describen con mucha emotividad la sublime personalidad y trascendente espiritualidad de este bondadoso y carismático maestro, líder político y luchador social. Allí se recoge una anécdota que me gustó mucho. Mohammad ‘Ali Rayaí, cuando era ministro y en plena Guerra Impuesta, luego de una extenuante jornada de trabajo, fue al baño a asearse y arreglar su ropa. Un amigo suyo notó que Rayaí tardaba mucho en salir y al buscarlo, lo encontró en esa faena de acicalamiento. Ante el desconcierto de su amigo, el ministro Rayaí le dijo:

“La familia forma parte de la sociedad, o, mejor dicho, es una pequeña sociedad. Cuando un hombre disciplinado sale arreglado de la casa, debería regresar con el mismo aspecto. Nuestras familias no deben pagar por nuestras problemáticas; hay que evitar entrar en la casa con mala cara. ¡Hermano! Lo justo es respetar el derecho de la familia” (Op. Cit., pp. 57 y 58).

Abramos los ojos y saquemos la cuenta. El ejercicio dicotómico del bien y el mal es necesario sin que por ello seamos dualistas ni suframos de distorsión cognitiva o polarización del pensamiento. No celebramos la fiesta del Bema ni somos seguidores de Mani el persa. El bien y el mal tienen nombre y apellido. Repetimos: nada tiene que ver Mohammad ‘Ali Rayaí, el “amado por todos”, con Carlos III “dedos de salchicha”, quien mantuvo una profunda amistad con Jimmy Savile, el mayor criminal sexual de toda la historia de Inglaterra, pedófilo, pederasta, violador y necrófilo; o con el príncipe Andrew, duque de York, quien sostuvo una escandalosa relación con el fallecido magnate Jeffrey Epstein, también pedófilo y pederasta.

Desconocer las fechorías de sus amistades no atenúa para nada la imagen de ese ambiente cortesano y aristocrático que tratamos de caracterizar acá, sino que, por el contrario, deja al descubierto la podredumbre moral de esa clase social y la manera en que contaminan al resto del pueblo que cree ver en ellos los atributos del buen inglés. Irremediablemente, constituyen el paradigma ético o modelo de conducta a seguir. No hay agave, miel, maple o papelón que endulce esta realidad. La escoria imperial hiede a azufre donde la pongan, diría Chávez.

Tampoco servirá ninguna “Carta de la Tierra” o artilugio filantrópico de viejito millonario, ni agüita milagrosa que lave esas manos rojas e hinchadas de Carlos III “el desabrido”, y mucho menos su conciencia. Nada tendrá que ver jamás ese u otro Carlos ni otra reina pegada a su “sombrero de alas anchas de medio lado”, con la transparencia de un mártir como Mohammad ‘Ali Rayaí; jamás de los jamases llegarán a los tobillos de Qassem Soleimani, ni de ningún otro hombre o mujer nacida en Irán, en Venezuela, en Cuba, Nicaragua u otro país asediado e insurgente. Quien haya dado su vida por la emancipación y por los oprimidos, tendrá un patrimonio moral y espiritual de muchos más quilates que el de esos matones y matonas de los siete mares.

Los monarcas, magnates y aristócratas ostentan grandes castillos y palacios, poseen rascacielos, mansiones y grandes yates. Sus propiedades requieren de ejércitos de servidumbres especializadas en diferentes tareas, unos pulen zapatos, otros podan jardines y laberintos, sacan a pasear a los perros o solo sacuden el polvo de las antigüedades; otros más le dan cuerda a cientos de relojes, limpian centenares de chimeneas, ponen en orden las enormes casas de muñecas (como la Queen Mary’s Dolls’ House), pulen la descomunal colección de carros lujosos o toca la gaita bajo la ventana de su soberana para despertarla todas las mañanas.

Esta forma de llevar una vida pomposa que debe esclavizar a otros para su mantenimiento, sin importar los índices de pobreza y hambre en el mundo o en sus propios países, responde a unos valores que son impensables en una Revolución como la Revolución Islámica de Irán. En el libro ya mencionado, hay muchos relatos acerca de la personalidad del presidente mártir Rayaí y que destacan su vida humilde, sin excesos ni ostentaciones. Uno de sus sobrinos relata lo siguiente:

“El Sr. Rayaí, durante su mandato, destituyó a uno de los ministros. Cuando le pregunté el porqué de esa decisión, me respondió: “El ministro destituido, bajo la excusa de la seguridad personal y de su familia, me pidió que le facilitara una de las residencias más lujosas de Teherán, pertenecientes al régimen derrocado. Le expliqué que no hemos hecho la revolución para apoderarnos de las riquezas del régimen Pahlavi, sino, para remediar la miseria del pueblo iraní. Si nos acostumbramos a habitar esas casas, se nos olvida la pobreza del pueblo. Por lo tanto, decidí despedirlo.” (Ibid, p. 133).

Las excesivas propiedades y fortunas pertenecientes a la actual monarquía inglesa representan siglos de corrupción. Desde los tiempos de la Casa de Wessex hasta la actual dinastía de Windsor, todos los reyes y reinas que ha tenido Inglaterra son responsables o corresponsables de grandes genocidios y saqueos allí donde sus pezuñas han tocado tierra. Si solo consideramos la historia del Reino Unido, desde Ana (1702) hasta Carlos III, “el treceavo” (2022), hicieron lo propio y mejoraron con los siglos el arte de la depredación. Las “patentes de corso” fueron una formalidad leguleya del siglo XVI, una especie de franquicia. La verdad es que siempre hubo tolerancia e incentivo al bandolerismo de mar y tierra, y toda rapiña era vista como un noble oficio empresarial, un noble negocio. Isabel I, por ejemplo, otorgaba patentes de ese tipo a cambio de un jugoso porcentaje de los saqueos, lo mismo haría su tocaya Isabel II centurias más tarde. Esto no ha cambiado para nada.

Ya en el siglo XX, entre los principales socios de estos insulares ladinos está el criminal imperio estadounidense, situado a la cabeza de un grupito de filibusteros y naciones delincuentes de Europa, sin olvidarnos del sionismo que es omnipresente. Esto los convierte en temibles enemigos de toda la humanidad; y no es para menos, este conglomerado occidental de la muerte cuenta con la OTAN, que es una maquinaria multinacional asesina bien aceitada y con un arsenal nuclear de podría destruir varios planetas Tierra.

No obstante, como dijo Mao Zedong, si bien ese aspaviento bélico demuestra su peligrosidad y causa un psicoterror global, su verdadera fuerza es relativa y algo aparente. La historia ha demostrado, una y otra vez, que estas tiranías de alcance mundial acaban en el vertedero. Todos los bravucones son “tigres de papel” que no soportan ni la lluvia ni el fuego popular. Los pueblos se encargarán de ellos, más temprano que tarde. El imperialismo yanqui y sus aliados, que ya dan muestras claras de su colapso, temen la lucha y resistencia de los pueblos insurgentes. Han perdido vergonzosamente las peleas que ellos mismos han iniciado contra Venezuela, Nicaragua, Cuba, Irán, Siria, China, Rusia y el Sur Global en general.

La fisura que ya muestra esa superestructura opresora se debe, precisamente, a su falta de apuntalamiento en las masas populares. Es como una represa cuyo muro se ha resquebrajado y la fuerza popular, el poder del pueblo, buscará salir como el agua para retomar su cauce originario, el de la soberanía, la paz, la justicia y la libertad.

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