publicado el: 16 mayo 2020 - 00:04
El Sucesor Verdadero (Parte II)

La gente lo conocía por su buen genio; incluso sus enemigos no podían hacerle ninguna crítica. Referente a eso, sus compañeros decían que él siempre vivía como uno de ellos, y en su entorno. Era sencillo, dulce, cariñoso, muy modesto y tolerante.

Con todo esto, él tenía tanta grandeza que a su vez lo respetaban todos ya que era un ser imponente.

Un día en el campo de batalla, el enemigo le pidió al Imam Ali (la Paz sea con él) que le diera su espada. Ali (P) se lo entregó enseguida. Ese hombre le dijo que en el campo de batalla, nadie daría su espada al otro. El Imam (P) le contestó: “en efecto, tú me has pedido algo; y una persona generosa y compasiva no suele rechazar un deseo. Cuando ese hombre pagano observó el buen comportamiento del Imam Ali (P), se convirtió al islam.

Para atender a los necesitados, no solo actuaba mediante órdenes e instrucciones; sino también, se dedicaba a resolver sus problemas personalmente. A veces, ponía algo de pan y algunos dátiles en una cesta, la llevaba sobre su hombro y los entregaba a los pobres. Sus compañeros decían “¡Oh Comendador de los Creyentes! permítanos llevar la cesta”. Pero, el Imam les contestaba que el líder de la sociedad tenía que realizar tal servicio.

Una noche, este gran hombre de la historia pasó por la casa de una mujer pobre que tenía unos hijos pequeños. Los niños estaban llorando de hambre y su madre los estaba entreteniendo hasta que durmieran. Esta mujer había puesto una olla en el fuego, en la que no había nada más que agua, para que sus hijos pensaran que estaba cocinando algo. Ali (P) se enteró de la situación de esta mujer y sus hijos y se dirigió hacia su casa junto a su sirviente, Qanbar. Recogió dátiles, un paquete de harina, un poco de aceite, arroz y pan y los puso sobre su hombro. Qanbar le pidió al Imam que los llevara; pero el Imam no aceptó. Cuando el imam Ali (P) llegó a la casa de la mujer, le pidió permiso para entrar. Luego, puso un poco de arroz y aceite en la olla y después de cocinarlo, lo vertió en el plato y les dijo a los niños que comieran. Cuando ya estaban llenos, el Imam comenzó a jugar con ellos e hizo que el sonido de sus risas, llegara hasta el cielo. De regreso, el Imam en respuesta a la pregunta de Qanbar sobre el motivo de jugar con los niños, dijo: “¡oh Qanbar!, cuando entré en su casa, los niños estaban llorando de hambre; me gustaba que se rieran después de saciar su hambre y el único motivo fue alegrar sus corazones”.

Por fin, en la madrugada del día 19 del bendito mes de ramadán, el noveno mes lunar, uno de los peores hombres de la historia, con toda la bajeza y crueldad, dio un golpe con una espada envenenada a la cabeza del Imam Ali (P) por detrás, mientras él estaba rezando en la mezquita.

Unos días después, el 21 del mes de ramadán, este gran hombre, se convirtió en el primer hombre que fue martirizado mientras rezaba.

El golpe que asestó a la cabeza del Imam Ali (P), golpeó al cuerpo del islam, a la justicia, a la libertad y la virtud, golpeó al alma y al cuerpo de todas las grandes metas humanas y celestiales.

Cuando empezó a fluir la sangre de la cabeza del Imam Ali y ensangrentó su barba, dijo: “Juro por Dios de la Kaaba que logré la redención”. Después, recitó unos versículos del Sagrado Corán, los cuales refieren al nacimiento, la muerte y la resurrección del ser humano: “os hemos creado de la tierra y a ella os hacemos regresar y de ella os haremos salir otra vez”.

Esa noche, la mezquita de Kufa fue testigo del último rezo del hombre más temeroso de la Tierra. Tras realizar el rezo, los parientes del Imam (P) lo llevaron a su casa y la gente lo acompañó con lágrimas y suspiros.

Por el golpe asestado, el rostro del Imam estaba pálido y él al mismo tiempo, mirando al cielo rezaba.

En esos últimos momentos de la vida del Imam, la gente iba a visitarle al lugar donde reposaba enfermo para saludarlo y el Imam aun estando delicado de salud decía a la gente “¡oh gente!, pregúntenme lo que deseen antes de perderme”.

Después de esos días tristes, los ojos del Imam Ali (P) se cerraron y su cuerpo santo yació para siempre en la tierra de la ciudad de Nayaf, situada en Irak.

Definitivamente, la pérdida de Ali (P), es un gran dolor para la humanidad. Pero, en la cultura islámica, los mártires están vivos. Ali (P) es un héroe eterno que estará vivo siempre. El término ‘héroe’ también, es demasiado pequeño para describirlo; pues, para representar este hombre hay que decir: “Ali es Ali”.

Para finalizar, les comentamos uno de los dichos valiosos del Imam Ali (P) que dice: “los peores hombres son aquellos que buscan los defectos de la gente, mientras que no ven sus propias faltas”.

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